“Ella no va a morir,” así lo determinó la madre de una paciente de St. Jude

Han pasado 20 años desde que Mariángeles Grear se curó del cáncer infantil. Y fue la voz de su madre la que la ayudó a sobrevivir.

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  •  8 min

Amy Jones

Mariángeles Grear tenía 13 años y yacía en una cama al borde de la muerte en St. Jude Children's Research Hospital. Tan cerca de la muerte que cabía la posibilidad de que nunca despertara del coma.

Pero en aquel entonces, no era la leucemia mieloide aguda la que estaba amenazando su vida. Sino una infección que los médicos no lograban detectar. Era posible que hubiese llegado al cerebro, concluyeron. Y ningún medicamento parecía detenerla.

Mariángela Rubio, madre de Mariángeles, se negó a dejar que su hija se rindiera.

Mi amor. Despierta. Regresa a mí.

Ella rezaba el rosario y pedía a Dios y a la Virgen María que curaran a su hija.  

Hoy se avergüenza de lo mucho que lloró en esos días. Pero nunca dudó sobre si su hija viviría. Ni una sola vez.

"Creo en el Señor y en San Judas", dijo Mariángela. "Todos los problemas tienen solución".

Este año se cumplen 20 años desde que Mariángeles se curó de la leucemia mieloide aguda (AML), un tipo de cáncer de la sangre y la médula ósea. Y ha sido la voz de su madre –determinante, inquebrantable y protecora– la que la sostuvo y le dio fuerzas durante todos esos años. El cáncer. Dos reemplazos de cadera. Y ahora, la infertilidad. 

"Mi mamá es mi roca, se ha mantenido a mi lado en todos los momentos de mi vida", dijo Mariángeles. "Ella es la razón por la que pude confrontar al cáncer y decir-: No te tengo miedo, eres tú quien debería tenerle miedo a mi mamá”.

"Si crees que vienes por mí, piénsalo dos veces porque ese labial rojo no te va a dejar".

Un diagnóstico letal

Corría el mes de septiembre de 2000 en Maracaibo, Venezuela, cuando Mariángeles contrajo - una misteriosa enfermedad. Sus encías estaban tan hinchadas que los dientes casi ni se le veían. Su cuerpo, cubierto de moretones de color morado y amarillo. Y la fiebre era, a veces, tan alta que hasta sus párpados ardían.

Le dolía absolutamente todo el cuerpo, incluso los huesos.

"No tengo poder sobre mi cuerpo", le dijo a su madre.

Era la única manera de describir cómo se sentía.

Incluso el padre de Mariángeles, que era médico, no entendía qué le pasaba a su hija.

Mariangeles Grear

Mariangeles Grear posa con sus padres en su fiesta de Primera Comunión en Venezuela.

Después de muchos estudios, un hematólogo en un hospital privado les dio la devastadora noticia: Mariángeles tenía cáncer avanzado y necesitaba un trasplante de médula ósea de inmediato. Y eso no era posible en Venezuela.

Sin un trasplante, dijo el médico, podrían quedarle solo cinco días de vida.

El padre de Mariángeles lloró.

Como médico, sabía que su condición era terminal. Y se resignó a encontrarle a Mariángeles una habitación confortable en la clínica para pasar sus últimos días.

Pero la madre de Mariángeles no estaba dispuesta a darse por vencida. Y con tono desafiante, exigió ver los informes médicos.

"¿Quién es usted para decirme que mi hija va a morir dentro de cinco días?", le dijo al médico. "Ella no va a morir".

El médico le sugirió a la familia viajar a Italia o Cuba. O quizás, a los Estados Unidos.

Allí había un lugar en Memphis llamado St. Jude. El médico la referiría para ver si podría ser tratada allí. 

Mariángela había sido una alta funcionaria del gobierno durante el mandato del ex-presidente venezolano Rafael Caldera. Había viajado por el mundo –a Italia, Colombia, y Estados Unidos -- pero siempre a Nueva York o Miami.

Lo único que sabía de Memphis es que era la ciudad natal de Elvis Presley.

Esperanza en el santo patrón de las causas perdidas

En cuestión de días, Mariángeles y sus padres llegaron a Memphis, y se encontraron ante la estatua de mármol de San Judas Tadeo a la entrada del hospital. El patrón de las causas perdidas, pensó su madre.

"Mi amor -en este hospital- ya no tendrás más problemas", le aseguró.

Después de todo, Mariángeles no necesitaba un trasplante de médula ósea, solo quimioterapia.

Pero los próximos nueve días serían los más difíciles en la vida de su madre.

La quimio que Mariángeles recibió el primer día estaba funcionando. Pero la infección de hongos no cedía. Cada vez más líquido se acumulaba en los pulmones de Mariángeles. Los médicos le indujeron el coma.  Y la conectaron a un respirador artificial. 

Mariángela nunca salió de la habitación de su hija.

En medio de la confusión del coma, Mariángeles reconocía el sonido de las puertas automáticas —fuff—el equipo protector amarillo que transformaba a las enfermeras en astronautas, y la voz siempre presente de su mamá…. suplicándole que fuera fuerte, que regresara.

“Cree en San Judas. Cree en el Señor. Cree en ti misma”.

Los médicos les ofrecieron probar con una nueva medicina, y los padres de Mariángeles estuvieron de acuerdo. Funcionó. Pero cuando los médicos comenzaron a sacarla del coma inducido, Mariángeles no despertaba.

Aun así, su madre se negó a darse por vencida. Su hija no iba a morir.

Siguió hablando. Rezando el rosario. Y pronunciando el nombre de su hija. 

Al noveno día, Mariángeles comenzó a balbucear—de manera casi imperceptible— sobre el tubo que tenía en su boca llamando a su madre:

“¿Mami?”

El primer rostro que vio fue el de su madre, con su cabello negro recogido y el lápiz labial rojo que siempre usaba, Velvet Nº 37.

La única manera de explicarlo, dijo Mariángela, era que su hija era un milagro.

Luchando por la salud, buscando la belleza

Durante los próximos seis meses, Mariángeles toleró cinco ciclos de quimio. Perdió peso. Su piel se oscureció. Y vomitó casi todos los días.

Mariángeles recordó que en medio de todo eso solía pensar: "Si al menos pudiera irme a dormir y morir, todo esto terminaría". “Por eso las personas se dan por vencidas. El dolor es indescriptible".

Pero su madre le decía que debía comer, aunque no tuviera ganas. Le decía que debía resistir y aferrarse a la vida cuando las cosas se volvieran difíciles. Le insistía en que creyera que Dios tenía una misión para su vida.

Incluso cuando Mariángeles despertó y se encontró con manojos de pelo en su almohada —de ese cabello que solía llevar largo y voluminoso como las concursantes de Miss Venezuela que ella tanto admiraba— su madre no se inmutó. Su cabello volvería a crecer.

Mientras tanto, comprarían aretes colgantes, gorras de color rosa —y lápiz labial.

"Ella me decía: ‘Podemos hacer que luzcas bella aun sin cabello’, dijo Mariángeles.

Todos los problemas tienen solución.

El padre de Mariángeles tuvo que regresar a Venezuela cuatro meses después de que ella comenzara el tratamiento en St. Jude, para ocuparse de su clínica médica y para estar con los otros hermanos de Mariángeles. Pero su madre nunca se alejó de su lado.

Y solo seis días antes de cumplir 14 años, Mariángeles ya estaba libre de cáncer.

Mariangeles Grear

Mariangeles Grear posa con un sombrero rojo durante una fantástica excursión de St. Jude al Polo Norte.

"Ella estuvo allí a mi lado en todo momento".

Una vida que vivir, un sueño que cumplir

Después del tratamiento, la madre de Mariángeles consiguió un empleo del gobierno en Memphis, así que se quedó a vivir en los Estados Unidos. Mariángeles volvió a Venezuela por un año junto a su padre, pero regresaba a St. Jude cada tres meses para sus chequeos regulares. Cuando le apareció un pólipo en la nariz, su madre decidió que Mariángeles necesitaba estar cerca del hospital, en caso de que algo estuviera mal.

Así que Mariángeles se mudó a Memphis definitivamente.  

El cabello le volvió a crecer y no se lo cortó por cinco años. Y volvió a lucir mechones gruesos y extensos -, al igual que las concursantes de Miss Venezuela.

Se graduó de la escuela secundaria, luego de la universidad y comenzó su carrera laboral en compañías nacionales de renombre dedicadas al desarrollo empresarial. Se sentía sumamente agradecida con St. Jude por haberle salvado la vida, pero deseaba olvidarse del cáncer para siempre. Nunca decía que era una sobreviviente de cáncer, nunca lo mencionaba en sus entrevistas laborales ni en conversaciones con nuevos amigos. Prefería guardarse esa parte de su historia.

Incluso no quería contárselo a su ahora marido, Matthew Grear, por temor a que él sintiera lástima por ella. 

No fue sino hasta 2017 cuando se incorporó a ALSAC como especialista en desarrollo -, la organización de recaudación de fondos y concientización de St. Jude, que comenzó a sentirse cómoda compartiendo su propia historia.

Mucho antes de que lo hablara públicamente, había sido parte de St. Jude LIFE, un estudio de investigación que trae a ex-pacientes de cáncer de vuelta al campus para exámenes médicos regulares.

Ahora, esa decisión bien podría definir el sueño que estaba por cumplir.

Noticias devastadoras

En abril de 2019, Mariángeles estaba en el aeropuerto de Dallas, esperando un vuelo de conexión cuando recibió una llamada de su ginecóloga con noticias angustiantes: Las pruebas revelaron que estaba premenopáusica y que tenía los óvulos como los de una mujer mayor.

Mariángeles tenía solo 31 años.

No había manera de saber por qué esto estaba sucediendo. Hay muchos factores que afectan la fertilidad. Pero no había tiempo que perder. La ginecóloga ya le había pedido una cita con un destacado especialista en fertilidad en Memphis. Solo que faltaban cuatro meses para esa cita.

Mariángeles estaba desconsolada.

La niña que solía coleccionar muñecas, la que solía tratar a sus hermanos como si fueran sus bebés, tal vez nunca podría tener uno propio.

"Siempre decimos en broma: Somos católicos. Lo llevamos en el vino", dijo Mariángeles.

Pero, ¿qué pasa si no estaba destinado a que fuera así?

Mariángeles llamó a su madre, sin consuelo por el dolor que podría sentir en su corazón.

La voz del otro lado ni se inmutó.

"¿Te dijo que no ibas a poder tener hijos?"

No

"Entonces espera hasta que te lo digan".

Todos los problemas tienen solución.

Esa semana, Mariángeles estaba en su cita en St. Jude LIFE cuando rompió en llanto desconsoladamente. Le contó a las enfermeras y a su asistente social sobre los resultados de las pruebas de fertilidad.

Dos días después fue referida a la clínica de fertilidad de St. Jude para una consulta con los médicos.

Mariangeles Grear

Mariangeles y su esposo, Matthew, posan frente a la estatua de St Jude Tadeo en el campus.

"Y descubrí que Dios tenía un plan más grande para mí", dijo Mariángeles.

El médico era el mismo especialista con el que su ginecóloga le había pedido cita y para la que aún faltaban cuatro meses.

¿Qué tal el próximo lunes? ¿Su marido podría venir a verlo?

Sí. Era el día del cumpleaños de Mariángeles.

Desde entonces, Mariángeles se sometió a tres intentos de inseminación artificial, que no resultaron exitosos.

Pero en febrero, comenzó con tratamientos hormonales en una clínica de fertilidad privada para someterse a una fertilización in vitro, gracias al médico que consultó en St. Jude, conocido como uno de los principales especialistas en fertilidad en Memphis.

Todo… gracias a St. Jude.

"Hace tres años yo estaba llorando en un aeropuerto porque no iba a poder tener hijos", dijo Mariángeles. “Hoy me siento a reflexionar sobre cómo St. Jude, una vez más, me ha dado esa esperanza. Ellos me conectaron con ese médico. Me dieron la posibilidad de ser atendida por el mejor especialista de Memphis".

Para Mariángeles, el sueño de formar una familia parece estar tan cerca.

"Sé que no puedo adelantarme a los hechos, pero cierro los ojos y me veo en ese primer (ultrasonido) cuando puedes oír el latido de su corazón", dijo. "Si es una niña, me veo comprando todos los moños que pueda encontrar en el mundo”.

"Será mi muñeca de la vida real. Podré jugar a vestirla. Y si es un niño, vamos a ir a comprar un bate porque vas a ser el próximo jugador de béisbol, porque eso es lo que hizo mi papá".

Pero luego escucha la voz de su madre. Y ya no cabe ninguna duda.

"Mariángeles tendrá un bebé este año", dijo su madre. "Créeme". 

Todos los problemas tienen solución.

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