No hay cima que no podamos conquistar por los niños de St. Jude
Para este St. Jude Hero®, subir al Monte Kilimanjaro significaba mucho más que completar un desafío personal.
8 de julio de 2026 • 2 mínimo
Español | English
A mis 33 años, me tracé uno de los retos más emocionantes de mi vida: llegar a la cima del Monte Kilimanjaro en Tanzanía.
El ascenso fue una experiencia extrema. Fueron seis días caminando, desafiando mi cuerpo y mi mente. El último día, apenas dormí una hora en la tarde antes de comenzar el el tramo final a las 11 de la noche. Caminé bajo un cielo impresionante, iluminado por la vía láctea y estrellas fugaces.
A más de 5,000 metros sobre el nivel del mar, sufrí el mal agudo de montaña, condición causada por la reducción de la presión atmosférica y niveles más bajos de oxígeno a grandes alturas. Los guías del recorrido actuaron rápidamente: me ayudaron a comer, a hidratarme y a hacer ejercicios de respiración.
En medio de las adversidades, recordé que no estaba allí solo por una meta personal. Cada paso que daba durante esta travesía tenía un propósito mucho mayor: recaudar fondos y crear conciencia para St. Jude Children’s Research Hospital®.
Pensé en los niños que luchan contra el cáncer todos los días. Entendí que mi incomodidad no era nada comparado con lo que ellos enfrentan. Eso cambió todo para mí. Entonces decidí seguir adelante, un paso a la vez.
Con la salida del sol, sentí una nueva esperanza. Mi guía me dijo que faltaban dos horas para la cima. Finalmente, a las 8:35 de la mañana, había alcanzado la cima. Lloré de alegría. Y confirme nuevamente que la mayoría de los retos en la vida son más mentales que físicos.
La aventura no terminó ahí. Me esperaba un descenso de más de 15 horas hasta la base. Fue agotador, pero lo logré. Regresé a casa en Arlington, Virginia, a abrazar a mis seres queridos con una profunda gratitud por todas las personas que me apoyaron en este camino.
Cuando decidí embarcarme en esta aventura, me comprometí a recaudar 10,000 dólares para St. Jude. Sabía que no sería fácil, pero utilicé todas las herramientas a mi alcance. Utilizando mis redes sociales empecé a conectar con personas que creyeron en mí y en esta misión. También hice algo que me apasiona con tal de conquistar el objetivo: cocinar. ¿Cómo? Organicé cenas para recaudar fondos reuniendo a familiares, amigos y miembros de la comunidad.
Poco a poco, el apoyo se fue multiplicando y las donaciones comenzaron a llegar desde distintos puntos de Estados Unidos, Puerto Rico y Australia. Incluso de mi país, República Dominicana, recibí la ayuda de personas solidarias que me dieron la fuerza para seguir adelante.
Me llena de orgullo saber que cada dólar representa esperanza para los niños de St. Jude.
Hoy miro hacia atrás y sé que este sueño se hizo realidad gracias a un propósito más grande que yo mismo.
Y si algo aprendí, es que cuando luchas por algo que realmente importa, no hay objetivo que no puedas alcanzar. En este caso, como comunidad, no hay cima que no podamos conquistar por los niños de St. Jude.