El día en que mi hija se fue a la universidad

Una mamá reflexiona sobre el camino que llevó a su hija a emprender su vida lejos de casa luego de su tratamiento en St. Jude.

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 Cuando tenía ocho años, Victoria enfrentó días increíblemente oscuros, y yo nunca me separé de su lado. Le diagnosticaron un meningioma.

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Aunque lo veía venir, ese día sentí una mezcla de emociones difícil de explicar. 

 Cuando tenía ocho años, Victoria enfrentó días increíblemente oscuros, y yo nunca me separé de su lado. Le diagnosticaron un meningioma.

Estaba claro que mi hija, Victoria, solo se iría a una universidad localizada a tres horas de nuestra casa. Sabía que nos veríamos frecuentemente y que hablaríamos por teléfono varias veces al día. ¡Y así ha sido! 

No obstante, verla empacar sus maletas me hizo sentir profundamente triste, al tiempo que me invadía un orgullo inmenso. 

Llegado el momento de separarnos, lloré de alegría.  

Luego volví a llorar, porque no pude evitar recordar todo lo que ha tenido que recorrer para llegar hasta aquí. A sus ocho años, Victoria vivió momentos muy oscuros y yo no me aparté de su lado. La diagnosticaron con meningioma, un tipo de tumor cerebral infantil poco frecuente, y tuvo que ser operada en dos ocasiones. Fue una época tan difícil que me hizo dudar de lo que podría depararle el futuro. 

Pero sus médicos la refirieron a St. Jude Children’s Research Hospital® y fue tratada con terapia de haz de protones. Fue allí donde todo cambió. 

Siempre digo que fue lo mejor que le pudo pasar en medio de unas circunstancias tan horribles. 

Cuando me preguntan qué representa St. Jude en mi vida, les digo que es familia, porque así nos sentimos con sus doctores, los enfermeros y demás pacientes. Recuerdo que ella llegó al hospital llorando y también se fue llorando. La diferencia es que llegó asustada sin saber lo que iba a pasar, y se fue con lágrimas de alegría y agradecimiento.  

 Cuando tenía ocho años, Victoria enfrentó días increíblemente oscuros, y yo nunca me separé de su lado. Le diagnosticaron un meningioma.

Ella es el ejemplo perfecto de la misión de St. Jude, porque sus doctores descubrieron la cura que logró salvarle la vida. 

Por eso, a una década de que mi hija fuera atendida, el hospital sigue siendo parte de nosotros. Y lo será para toda la vida.  

Victoria es consciente de esa realidad y, a través de los años, ha seguido participando como voluntaria en galas, torneos de golf y diferentes eventos benéficos de St. Jude.  

A ella le encanta pintar y es muy generosa, por lo que también ha donado sus cuadros para recaudar fondos. 

Ahora mi hija está en su mejor momento: le gusta su universidad, tiene excelentes calificaciones y se siente bien desarrollando su vida de manera independiente, y nada de esto me sorprende. 

También está planeando cómo desarrollar su carrera al terminar sus estudios, para dar los pasos necesarios que la lleven algún día a trabajar en el departamento de mercadeo de ALSAC, la organización de concientización y recaudación de fondos de St. Jude. Es lo que más anhela desde pequeña y está muy determinada a lograrlo. 

Va en camino. Lo sé. Va a conquistar todos sus sueños, no veo nada que pueda detenerla, porque ella es una chica muy bendecida. 

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