Más allá del tratamiento: el lado humano que encontramos en St. Jude
Lejos de nuestra casa en México, encontré apoyo, comprensión y personas que nos hicieron sentir que nunca estábamos solas.
21 de septiembre de 2026 • 2 mínimo
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No mucha gente sabe del inmenso apoyo emocional que recibí en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Estaba lejos de mi hogar en México, lejos de mis seres queridos, de mis amistades y de todo lo que me era familiar.
Me encontraba acompañando a Emma, mi hija menor, en St. Jude Children’s Research Hospital®. Llegamos en 2022, pocos días después de su diagnóstico: retinoblastoma bilateral, un cáncer que afectaba sus dos ojos y que se presenta con mayor frecuencia en niños pequeños, generalmente menores de 3 años.
Llegué a Memphis, Tennessee, aliviada al saber que las familias nunca reciben una factura de St. Jude por tratamiento, transporte, hospedaje ni alimentación. Pero también me preocupaba estar en una ciudad desconocida, sin saber dónde conseguir pañales, productos de primera necesidad o simplemente cómo desenvolverme en el día a día.
Justo al inicio del tratamiento de Emma conocí al equipo psicosocial del hospital y entendí que ya no estaba sola. Era un grupo de profesionales sensibles y atentos a todo lo que estábamos viviendo. Al mostrarnos su lado humano, supe que estábamos en buenas manos.
Primero me asignaron a una trabajadora social que me orientó en todo lo que necesitaba, desde cómo llegar a las tiendas hasta cómo solicitar servicios a domicilio. Sin su apoyo, sinceramente no sé qué habría hecho.
Con ella también aprendí a manejar mis citas en el hospital y encontré un espacio donde podía hablar con honestidad sobre mis ansiedades y preocupaciones.
Poco después, fue Emma quien empezó a dar señales de que necesitaba apoyo adicional. Le estaba costando adaptarse a tantos cambios y extrañaba mucho a sus dos hermanas y a su papá.
La trabajadora social nos refirió a la clínica de psicología de St. Jude para que la evaluaran. Lo que nunca imaginamos fue la alegría que nos esperaba.
¡A quien nos asignaron para la evaluación no solo hablaba español, sino que además era originaria del mismo estado que nosotras, en el norte de México!
La conexión entre ellas fue instantánea. Platicaban sobre las costumbres de nuestra tierra y sobre algo que ambas adoraban: los animales.
Por ejemplo, ella le contó a Emma que, cuando visitaba a su abuelo en México, él tenía gallinas. Emma se emocionó enseguida porque nosotros también tenemos gallinas en casa, además de perros y periquitos.
Hoy Emma tiene seis años. En 2026 se graduó de preescolar y es una niña súper inteligente. Adónde va, hace amigos y se la pasa jugando. Recientemente, una de sus hermanas recibió un caballo y desde entonces se ha convertido en su nueva fascinación.
Ahora entiende que perdió parte de su visión debido a la enfermedad. A veces me dice:
—Mamá, no veo con ese ojo.
Entonces le pregunto:
—¿Y eso te perjudica?
Y ella me responde con toda naturalidad:
—No. Yo hago mi vida normal y juego bien.
Cuando le pregunto qué quiere ser cuando sea grande, tampoco duda en responder:
—Doctora.
Y cada vez que la escucho decirlo, pienso en todas las personas que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Personas que hicieron mucho más que brindar atención médica. Personas que nos hicieron sentir acompañadas, comprendidas y, sobre todo, que estábamos en buenas manos.