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La voz de su madre ayudó a Mariángeles a sobrevivir cáncer infantil.

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Mariángeles Grear tenía solo 13 años cuando yacía en una cama al borde de la muerte en St. Jude Children's Research Hospital. Estaba tan cerca de la muerte que cabía la posibilidad de que nunca despertara del coma.

Pero en aquel entonces, no era la leucemia mieloide aguda la que estaba amenazando su vida. Sino una infección que los médicos no lograban detectar. Era posible que hubiese llegado al cerebro, concluyeron. Y ningún medicamento parecía detenerla.

 
Paciente de St. Jude, Mariángeles batallando la leucemia en St. Jude.
 

Mariángela, madre de Mariángeles, se negó a dejar que su hija se rindiera. Ella rezaba el rosario y le pedía a Dios y a la Virgen María que curaran a su hija.  

Nunca dudó sobre si su hija viviría. Ni una sola vez.

"Creo en el Señor y en San Judas", dijo Mariángela. "Todos los problemas tienen solución".

 
 
Paciente de St. Jude, Mariángeles con su mamá, Mariángela.

Mariángeles con su mamá Mariángela.

 

Mi mamá es mi roca, se ha mantenido a mi lado en todos los momentos de mi vida. Ella es la razón por la que pude confrontar al cáncer y decir: No te tengo miedo, eres tú quien debería tenerle miedo a mi mamá.

Mariángeles, paciente de St. Jude

 

 
 

Este año se cumplen 20 años desde que Mariángeles se curó de la leucemia mieloide aguda (AML), un tipo de cáncer de la sangre y la médula ósea. Y ha sido la voz de su madre –determinante, inquebrantable y protectora– la que la sostuvo y le dio fuerzas durante todos esos años. El cáncer. Dos reemplazos de cadera. Y ahora, la infertilidad. 

Fue en el mes de septiembre de 2000 en Maracaibo, Venezuela, cuando Mariángeles contrajo una misteriosa enfermedad. Sus encías estaban tan hinchadas que los dientes casi ni se le veían. Su cuerpo, cubierto de moretones de color morado y amarillo. Y la fiebre era, a veces, tan alta que hasta sus párpados ardían. 

Le dolía absolutamente todo el cuerpo, incluso los huesos. Su padre que era médico, no entendía qué le pasaba a su hija.

 
Paciente de St. Jude, Mariángeles en una excursión de St. Jude.
 

Después de muchos estudios, un hematólogo en un hospital privado les dio la devastadora noticia: Mariángeles tenía cáncer avanzado y necesitaba un trasplante de médula ósea de inmediato. Y eso no era posible en Venezuela.

Sin un trasplante, dijo el médico, podrían quedarle solo cinco días de vida. 

El padre de Mariángeles lloró. Pero la madre de Mariángeles no estaba dispuesta a darse por vencida. Y con tono desafiante, exigió ver los informes médicos. "¿Quién es usted para decirme que mi hija va a morir dentro de cinco días?", le dijo al médico. "Ella no va a morir".

El médico le sugirió a la familia viajar a Italia o Cuba. O quizás, a los Estados Unidos. Allí había un lugar en Memphis llamado St. Jude. El médico la referiría para ver si podría ser tratada allí. 

En cuestión de días, Mariángeles y sus padres llegaron a Memphis, y se encontraron ante la estatua de mármol de San Judas Tadeo a la entrada del hospital. El patrón de las causas perdidas, pensó su madre.

"Mi amor -en este hospital- ya no tendrás más problemas", le aseguró.

 
 

Cree en San Judas. Cree en el Señor. Cree en ti misma.

Mariángela, madre de Mariángeles

 
Mariángeles, paciente de St. Jude.
 
 

Después de todo, Mariángeles no necesitaba un trasplante de médula ósea, solo quimioterapia.

La quimioterapia que Mariángeles recibió el primer día estaba funcionando. Pero la infección de hongos no cedía. Cada vez más líquido se acumulaba en los pulmones de Mariángeles. Los médicos le indujeron el coma.  Y la conectaron a un respirador artificial. 

En medio de la confusión del coma, Mariángeles reconocía el sonido de las puertas automáticas —fuff—el equipo protector amarillo que transformaba a las enfermeras en astronautas, y la voz siempre presente de su mamá…. suplicándole que fuera fuerte, que regresara.

Los médicos les ofrecieron probar con una nueva medicina, y los padres de Mariángeles estuvieron de acuerdo. Funcionó. Pero cuando los médicos comenzaron a sacarla del coma inducido, Mariángeles no despertaba.

Al noveno día, Mariángeles comenzó a balbucear—de manera casi imperceptible— sobre el tubo que tenía en su boca llamando a su madre: “¿Mami?”

 
Mariángeles, paciente de St. Jude.
 

Y solo seis días antes de cumplir 14 años, Mariángeles ya estaba libre de cáncer.

Mariángeles volvió a Venezuela por un año junto a su padre, pero regresaba a St. Jude cada tres meses para sus chequeos regulares. Cuando le apareció un pólipo en la nariz, su madre decidió que Mariángeles necesitaba estar cerca del hospital, en caso de que algo estuviera mal.

Así que Mariángeles se mudó a Memphis definitivamente.  

Se graduó de la escuela secundaria, luego de la universidad y comenzó su carrera laboral en compañías nacionales de renombre dedicadas al desarrollo empresarial. Se sentía sumamente agradecida con St. Jude por haberle salvado la vida, pero deseaba olvidarse del cáncer para siempre. Nunca decía que era una sobreviviente de cáncer, nunca lo mencionaba en sus entrevistas laborales ni en conversaciones con nuevos amigos. Prefería guardarse esa parte de su historia.

Incluso no quería contárselo a su ahora marido, Matthew, por temor a que él sintiera lástima por ella. 

 
 
Mariangeles y su esposo, Matthew, posan frente a la estatua de St Jude Tadeo en el campus.

Mariangeles y su esposo, Matthew, posan frente a la estatua de San Judas Tadeo en el campus.

 
 

No fue sino hasta 2017 cuando se incorporó a ALSAC como especialista en desarrollo, la organización de recaudación de fondos y concientización de St. Jude, que comenzó a sentirse cómoda compartiendo su propia historia.

Mucho antes de que lo hablara públicamente, había sido parte de St. Jude LIFE, un estudio de investigación que trae a ex-pacientes de cáncer de vuelta al campus para exámenes médicos regulares.

En abril de 2019, Mariángeles estaba en el aeropuerto de Dallas, esperando un vuelo de conexión cuando recibió una llamada de su ginecóloga con noticias angustiantes: Las pruebas revelaron que estaba premenopáusica y que tenía los óvulos como los de una mujer mayor.

Mariángeles tenía solo 31 años y  estaba desconsolada.

La niña que solía coleccionar muñecas, la que solía tratar a sus hermanos como si fueran sus bebés, tal vez nunca podría tener uno propio.

Mariángeles llamó a su madre, sin consuelo por el dolor que podría sentir en su corazón.

 
Mariangeles, paciente de St. Jude laborando para ALSAC.
 

Esa semana, Mariángeles estaba en su cita en St. Jude LIFE cuando rompió en llanto desconsoladamente. Le contó a las enfermeras y a su asistente social sobre los resultados de las pruebas de fertilidad.

Dos días después fue referida a la clínica de fertilidad de St. Jude para una consulta con los médicos.

En febrero, comenzó con tratamientos hormonales en una clínica de fertilidad privada para someterse a una fertilización in vitro, gracias al médico que consultó en St. Jude, conocido como uno de los principales especialistas en fertilidad en Memphis.

"Y descubrí que Dios tenía un plan más grande para mí", dijo Mariángeles. Todo… gracias a St. Jude.

"Hace tres años yo estaba llorando en un aeropuerto porque no iba a poder tener hijos", dijo Mariángeles. “Hoy me siento a reflexionar sobre cómo St. Jude, una vez más, me ha dado esa esperanza. Ellos me conectaron con ese médico. Me dieron la posibilidad de ser atendida por el mejor especialista de Memphis".

Para Mariángeles, el sueño de formar una familia parece estar tan cerca.

"Sé que no puedo adelantarme a los hechos, pero cierro los ojos y me veo en ese primer (ultrasonido) cuando puedes oír el latido de su corazón", dijo. "Si es una niña, me veo comprando todos los moños que pueda encontrar en el mundo”.

Pero luego escucha la voz de su madre. Y ya no cabe ninguna duda.

 
 

"Mariángeles tendrá un bebé este año", dijo su madre, Mariángela. "Créeme". 

Todos los problemas tienen solución.

 
Mariángeles, paciente de St. Jude.
 
 

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